viernes, 14 de agosto de 2015

Presentación del libro Las canciones que el público nos pide de Ariel Barría A. Premio Nacional de Literatura Miró 2014 (novela) por GONZALO MENENDEZ GONZALEZ



Presentación del libro Las canciones que el público nos pide de Ariel Barría A.
Premio Nacional de Literatura Miró 2014 (novela)

Por Gonzalo Menéndez González












Ciudad de Panamá, Agosto 2015







 Yo no amenazo, no acostumbro amenazar.
Sólo advierto una vez. El día que me
toquen a alguno de mis hombres se acabó
 el estado de derecho.”
César Augusto Pinochet
Revista Qué Pasa – 14 de octubre de 1989


Saludos
Buenas tardes a todos, a los premiados, a los asistentes, a las autoridades, a los que no lo son y no pretenden serlo, a aquellos que tan solo disfrutan del placer de leer un buen libro. Tengo el gran honor y por tanto, reto, de haber sido escogido por el escritor Ariel Barría Alvarado para la presentación de su novela premiada Las canciones que el público nos pide. Antes de referirme al texto en mención debo hacer algunas anotaciones sobre su autor. Ariel Barría es un dedicado y creyente de la literatura. Es Licenciado en Humanidades y Profesor de Español graduado de la Universidad de Panamá. En la actualidad es profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Católica Santa María La Antigua. En el 2000 mereció el Premio Nacional Ricardo Miró con su novela La Loma de Cristal. En 2002 obtuvo el Premio Nacional de Cuentos José María Sánchez, con el libro Al pie de la letra. En 2006 gana tanto en el género de cuento como en novela con los libros "Ojos para oír" y "La casa que habitamos", respectivamente. Su obra más reciente, la novela que hoy se presenta, obtuvo el Premio Miró el 2014.

Un brinco a los años de la violencia
Hay un hilo conductor, invisible, por lo demás, que nos conecta esta noche. Un elemento común que seguramente me permitirá explayarme y ser comprendido totalmente al mencionar que la novela que se presenta hoy tiene por sí misma la capacidad de hacernos viajar a los años sesenta, cuando un hecho político cambió el destino de este pequeño país de 77 mil kilómetros cuadrados, que se llama Panamá. El autor es cuidadoso y no lo llama así, pero su texto le calza como un guante a la medida. Tampoco llama por sus nombres propios a los actores y lugares de esa remembranza en que se desarrolló el teatro del absurdo, como lo es cada guerra. Nosotros vivimos nuestra "guerrita" (como decía Bruno, uno de los personajes del libro) que enfrentó a amigos y familiares. Ese hecho me recuerda que lo mismo ocurrió en la Guerra Civil española, también durante la liberación de Nicaragua de la tiranía de la familia Somoza, y qué decir de la noche larga de 17 años que sufrió la sociedad chilena bajo el mandato del terror de Pinochet, o de la cúpula argentina, que fue capaz de eliminar entre cárcel, exilio, desapariciones o simple mediatización (aniquilación económica, ¿mental?), a una generación entera. Vuelvo al hilo conductor, y es el haber nacido o estado vinculado a este pequeño país. Ello nos obliga a conocer de lo acontecido esos días en las montañas y cerros del volcán Barú, posteriormente a esa noche de 1968. Y esto es lo que hace la novela de Barría, revivir historias intrínsecas, enterradas en los montes chiricanos, en donde la radio y los boleros se convirtieron en factores de comunicación de todo un mundo de seres necesitados de afecto y cariño. Con cada canción, con cada letra de despecho y desamor, revive el autor, una era que despierta, hechos personales, amores frustrados, alegrías idas, anécdotas pueblerinas que la tecnología moderna ha barrido. Siente el lector el simple placer de recordar tiempos personales que tal vez sean comunes, pero que constituyen un compromiso inicial entre el texto y el lector. En ese universo paralelo, insisto, inicialmente personal, provocado por la buena inteligencia de Ariel, se mezclan sentimientos en todas las direcciones, algunos tan contradictorios, que nos hacen llorar de alegría al rememorar, dejándonos después la resaca de la tristeza. Así de contrariados somos. Pero también enmarca con clara sutileza, los momentos claves de la respuesta a la tiranía que iniciaba. Describe los momentos duros, en donde tortura, coacción y control, son comunes en cualquier parte del planeta donde los militares dominen la sociedad; en ello, no hay diferencias entre las manos, ya sea la izquierda o la derecha.

“No se mueve ninguna hoja en este país
si no la estoy moviendo yo,
que quede claro”
César Augusto Pinochet. 13 de octubre de 1981

La novela presentada pinta con un formato novedoso, un texto que a su vez se presenta como una futura novela, la realidad de un poblado revivido en una investigación colmado de personajes distantes y casi fantasmales. Su lectura se hace rápida, y quizás por eso, y por el entusiasmo que despierta, nos deja sabor a más. Se funden en ella, situaciones enmarcadas en novelas de radio y canciones, que hacían llevadera la vida del campo, en las cuales personajes heroicos envueltos en tramas ficticias pero tangibles, mantenían a las familias en vilo cada noche. Sin dudas las canciones y sus dedicatorias se generaban una dinámica social muy especial, que destruyó con sus colores y efectos gráficos, la televisión. En ese mundo invisible de ondas hertzianas se vivieron las pasiones como las peripecias que dramatizaron el Dr. Alberto Limonta o Mamá Dolores en El Derecho de Nacer o tantas radionovelas que transportaban a los oyentes a mundos cercanos como las llanuras mexicanas, o las pampas argentinas, o venezolanas, que cumplían el papel de generar el mundo simultáneo y paralelo que hoy ocurre a través de las redes sociales y los teléfonos inteligentes. A diferencia obvia de estos tiempos acelerados, en los cuales la interacción es muy individual, y se puede estar en "varios" mundos al mismo tiempo; en aquellos días de finales de los sesenta y en los campos, en particular, la radio juntaba a las comadres, a las mozas, a los hijos, y las tramas de esos programas, generaban no pocas discusiones en pro o desmedro de los desenlaces o de los actores, creando galanes o héroes, o damas deseables.

Sobre el papel del intelectual en los procesos históricos y sociales, la polémica es antigua e inconclusa. Sin embargo, elementos comunes nos señalan la necesidad de una participación activa. Recientemente el escritor Mario Vargas Llosa en su libro "La Civilización del Espectáculo", nos indica citando a su vez a Octavio Paz, que: "... la civilización del espectáculo es cruel. Los espectadores no tienen memoria; por esto tampoco tienen remordimientos ni verdadera conciencia. Viven prendidos a la novedad, no importa cuál sea con tal de que sea nueva. Olvidan pronto y pasan sin pestañear de las escenas de muerte y destrucción de la guerra del Golfo Pérsico a las curvas, contorsiones y trémulos de Madonna..."

Por su lado, señala Gunther Grass, Premio Nobel de Literatura en 2000, que la historia alemana se le introducía en cualquiera de las formas artísticas que escogiera. Era un virus que le penetraba las ideas. Cito unas frases de dicho autor: "... consigue la Literatura dejar al descubierto el forro de la Historia. Despeja la mirada sobre los nimios acontecimientos desintegrantes que se producen tras la tribuna que sustenta al Estado. Para ella, lo elevado resulta ridículo, lo grande diminuto y, como en el cuento de Andersen El traje nuevo del Emperador, permite al niño ver desnuda a toda majestad." Se preguntarán ustedes, dilecto público, ¿qué relación guarda semejante aseveración con lo hasta ahora presentado? La respuesta es simple, y es que el autor de Las canciones que el público nos pide hurga en una fórmula indirecta, aunque entretenida, y deja abierta una rendija de aquella Caja de Pandora que apenas algunos valientes intelectuales han querido destapar para contar lo ocurrido. Estamos en una sociedad en deuda consigo misma. Estoy seguro que aun hay posiciones encontradas, que aun hay muertos dolientes, que hay defensores de lo acontecido. Y de manera muy madura tendría que afirmar, que es ahora cuando es posible discrepar sin sentir el calambre del miedo. Los vencedores escriben la historia, dicen algunos. Yo modificaría diciendo "...la historia inmediata". Mientras haya talentosos narradores e intelectuales, se seguirán buscando en los resquicios del pasado, y seguramente saldrán nuevamente, ideas encontradas. El libro de esta noche es un pequeño abrebocas que se escapó de esa caja. Hemos tapado con un dedo el sol y no hemos comprendido que el no colocar sobre la mesa todas las cartas de nuestro pasado, nos puede revertir en situaciones similares. La sociedad nacional requiere del espejo donde verse. El intelectual debe despertar de la pereza y la incomodidad que produce la "civilización del espectáculo" que describe Vargas Llosa, a riesgo de no ser popular.
Como ocurre con los grupos neonazis en Alemania, o con los opositores de la derecha chilena que castigan al actual gobierno de la Presidenta Bachelet, o la eterna discusión política que termina usualmente en ceños fruncidos y hasta voces airadas sobre la Revolución cubana, y tantos otros casos en los cuales ha habido varios caminos de la historia, la historia es un ente vivo que merece discusión. Aun desde un cuadro, o una obra de teatro, una pieza sinfónica, una popular, un corto cinematográfico, un poema, una imagen, en fin, cualquier expresión artística, la sociedad requiere su imagen especular para admirarse o avergonzarse. Una novela puede despertar la inquietud por los días pasados, y el escritor, con su pincel de graphos, dibujarla bajo el tamiz de su propia interpretación.

Un texto puede cambiar vidas. Hace unos años escribí esas palabras, y siguen vigentes. Están dando vueltas en el aire de nuestros días. Son lo que podríamos llamar, "una verdad de a puño..." Seguramente el libro de esta noche lo haga, y no quiero especular en cuál dirección, lo que a todas luces ocurrirá es que lo hará cantando, y a ritmo de bolero.

“Los estudiantes van a la Universidad a
estudiar, no a pensar… y si aún les quedan
energías, para eso está el deporte”.
César Augusto Pinochet
Revista Rocinante – 3 de enero 1999

Insisto con Gunther Grass: "Yo no sabría nada, o muy poco, de las complejas relaciones entre amigos y enemigos durante la guerra civil española si George Orwell no hubiera dado testimonio en su Homenaje a Cataluña del sistema de terror comunista, cuyos comisarios liquidaron a innumerables anarquistas y socialistas tras las líneas del frente. Escritores de todo el mundo acompañaron narrativamente la lucha y caída de la República. Es difícil encontrar otro acontecimiento de este siglo que haya sido reflejado por tantas voces en el espejo de la Literatura, aunque las de autores españoles, largo tiempo sofocadas por la censura, sólo pudieran escucharse en España con retraso".
Señores asistentes, a esa demora me refiero en el caso de lo ocurrido en Panamá. Hay un compromiso doble en esta sesión de hoy, el del escritor o los escritores, desentrañar las historias que enmarcan lo pasado, tal como lo hizo magistralmente Ariel Barría Alvarado, y el de los lectores, leerla.
Muchas gracias.

(nota: las palabras de Pinochet son muy parecidas a los de los demás dictadores de este golpeado continente...)